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Discurso |
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DISCURSO 23 DE JUNIO El torturador Remo José Marenzi vivía hasta hace poco tranquilamente en su guarida de Yatay 395 1 “D”. Muy atrás habían quedado el tiempo en que era dueño de la vida y la muerte de cientos de personas, cuando era subsecretario de la jefatura de la Policía Federal de la dictadura de Videla. Esos años en que tenía bajo su responsabilidad los centros clandestinos de detención que funcionaron en San Luis, Neuquén, Azul, Corrientes, Posadas y la superintendencia de seguridad federal. Esos años en que actuó en los campos de concentración conocidos como “El Olimpo”, “El club atlético” y el “Garage Azopardo”. Desde que el gobierno de Raúl Alfonsín lo dejó libre con la ley de Punto Final, Remo Marenzi camina sin complejos por las calles de Almagro y Caballito. Va al Parque Centenario, visita la agencia de Clarín que queda en Díaz Vélez y Yatay y cada tanto se hace una escapada a Mar del Plata para disfrutar del mar y el departamentito que se compró con el dinero que robó durante la dictadura. No siente ningún tipo de culpa, más bien siente orgullo. Por eso publica su teléfono en la guía, para que el pueblo lo llame y lo felicite: 4981-7464. ¿A quién le importa (piensa Marenzi) que se haya ganado a fuerza de picana el legajo 8010 en la lista de represores de la Conadep? Pero aunque el tiempo pase y los gobiernos lo protejan un genocida sigue siendo un genocida. Por eso Marenzi tiene un mérito indudable: ha puesto en marcha la maquinaria del escrache en el barrio. Y por eso hoy vinimos hasta acá . El
escrache es nuestra forma de transformar la memoria en acción, de
demostrar que la impunidad
no es una palabra vacía. Expresa nuestra certeza de que la verdadera
justicia no caerá desde las alturas del poder, como una fruta
podrida. No
podemos esperar nada de la justicia de los poderosos. Es la misma
justicia que condena a 5 años de cárcel a desocupados como Emilio Alí
que cometen el pecado de pedir comida en un supermercado. Es la misma
justicia que absuelve al torturador Etchecolatz aunque salga armado a
la calle y se divierta amenazando jóvenes. Por eso nosotros volvemos al escrache. Porque pensamos que no tiene fecha de vencimiento. Porque se ha convertido en una práctica que no depende de quién caliente los sillones de la Casa Rosada. Porque no se queda esperando que un juez se levante una mañana y meta preso a Marenzi. Porque no depende de que algún canal de televisión venga o no venga a cubrirlo para su noticiero. Porque tiene vida propia por fuera de los márgenes de la sociedad del espectáculo. Esa vida que nace en la primera reunión para organizar el próximo escrache, que se nutre del trabajo de organizaciones sociales y vecinales, que incluye pintadas, pegatinas de afiches y volanteadas en las plazas del barrio. El
escrache pone en movimiento un trabajo previo en el que confluyen
obras de teatro, recitales de rock, radios abiertas y clases de tango.
Genera diálogo y debate con los vecinos. Y apunta a que sean ellos
los que tomen en sus manos la tarea de la condena social hacia el
represor. Con el trabajo y la militancia previa o haciéndole sentir
el rechazo cuando tengan la desgracia de toparse con él. Por eso el
escrache comienza mucho antes del acto y se profundiza después,
cuando todo el barrio conozca la cara del genocida Marenzi. Mañana,
el kiosquero decide no atenderlo, el taxista decide no llevarlo, el
panadero elige no atenderlo, el diariero le niega el diario. Al día
siguiente se multiplica la lucha. Sabemos que cuando el delito se organiza desde el Estado, es la sociedad la que debe identificar a los criminales, juzgarlos, condenarlos, perseguirlos hasta en sus sueños. Y no reivindicamos a nuestros caídos como mártires sino como militantes comprometidos. Por eso salimos a la calle y recuperamos los espacios públicos. Por eso, invitamos a los vecinos a participar, a romper el aislamiento, a negarse a ser espectadores de sus propios destinos. Los invitamos a transformar el barrio en un lugar propio. Los invitamos a decirles a los tipos como Marenzi que no tienen lugar en el barrio. Los genocidas sueltos son los que hacen inseguros nuestras calles y nuestras plazas. Ellos fueron la mano de obra de un plan económico que todavía hoy sigue generando miseria, desocupación y desigualdad. Ellos impusieron a sangre y fuego el plan económico que ayer inauguró Martínez de Hoz y hoy profundiza la Alianza de De la Rúa y Cavallo. Ellos (los tipos como Marenzi) nos obligaron y nos obligan a vivir inseguros. Con miedo. A quedarnos sin trabajo, sin un techo, a quedarnos sin educación, sin comida y sin salud. Ellos y los grandes grupos económicos que se llenaron los bolsillos a costa del sufrimiento del pueblo son los verdaderos culpables de la inseguridad. Pero para ellos, nadie pide mano dura. ¿Puede pedir mano dura para ellos Daniel Hadad? No puede hacerlo porque toda su vida se dedicó a lamerles el culo a los Massera y a los Alemann. ¿Puede pedir mano dura para ellos Ruckuaf? No, porque figura bien arriba en la lista de los cómplices del genocidio. ¿Pueden pedir mano dura para ellos los nazis de Caballito? No, porque el día que el poder se canse de ellos y les corte el chorro no juntan gente ni para jugar un truco gallo. El
discurso de la inseguridad y la mano dura quiere que nos olvidemos de
que vivimos en un país donde lo que falta en las villas miseria sobra
en los barrios privados y los countrys de fin de semana, un país
donde muchos tienen poco y pocos se llevan todo. Ese discurso quiere
que nos equivoquemos de enemigo. El enemigo es el que quiere dejar de
pagar las jubilaciones y los sueldos de los estatales para pagarle la
deuda externa al FMI. El enemigo es el que deja morir a 55 chicos de
hambre cada día. Pero
nosotros no nos olvidamos que este país es hijo del terrorismo de
Estado. No nos olvidamos de por qué peleaban los militantes que
fueron perseguidos por la dictadura. No nos olvidamos de su lucha por
un país sin excluidos, de su compromiso concreto al servicio de la
transformación. No nos olvidamos que los desaparecieron, los
encarcelaron, los asesinaron y los obligaron al exilio para consolidar
este modelo de país. Por
eso hoy venimos a la casa de Marenzi a decirle (a 15 años de la sanción
de la ley de Obediencia Debida) que la impunidad no es eterna y la
lucha continúa. Y queremos festejarlo. Porque para nosotros cada
escrache es un triunfo, cada chico que recupera su identidad es un
triunfo, cada piquete que reclama por dignidad es un triunfo. Y eso no
lo puede impedir ni Marenzi, ni Macri, ni Massera, ni Magoya. ·
SI
NO HAY JUSTICIA HAY ESCRACHE ·
OTRO
GOBIERNO, LA MISMA IMPUNIDAD ·
RESTITUCION
DE LA IDENTIDAD DE NUESTROS HERMANOS APROPIADOS ·
REIVINDICAMOS
LA LUCHA DE NUESTROS PADRES Y SUS COMPAÑEROS ·
NO
OLVIDAMOS ·
NO
PERDONAMOS ·
NO
NOS RECONCILIAMOS |
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